-¿Qué te gustaría que te hiciera?
Me dijo, con su boca a escasos dos centímetros de la mía. Dudé un poco en la respuesta porque... realmente lo quería todo al mismo tiempo, además, oirle decir eso hizo que se me nublase un poco la vista y se me aflojasen las rodillas. Separé los labios en un intento de articular algún sonido con sentido pero, básicamente, boqueé como un pez.
El empezó a mirarme inquieto, esperando una respuesta, entonces se separó un poco de mi, como tomando perspectiva, ladeó la cabeza y alargó su mano hasta la parte superior de mi cuello para dejar resbalar sus dedos, muy despacio, hasta la curva del hombro.
Noté como se me ponía la piel de gallina y los pezones tan duros que dolían. Le miré y después me miré instintivamente las tetas. Su vista siguió a la mía y sus manos terminaron de desabrochar los pocos botones del vestido que permanecían en su sitio y de deslizar por mis brazos los tirantes del sujetador. El roce de la tela al separarse de mis pezones me cortó la respiración pero... cuando noté sus labios rodeando uno de ellos me sentí explotar. Turnaba las atenciones de un pecho a otro, a veces subía por mi cuello hasta mi boca para morder suavemente el labio inferior.
Al cabo de un rato, yo ya no llevaba más que las medias y unas bragas totalmente empapadas y pegajosas contra las que se frotaba su impresionante erección.
-Fóllame... fóllame, por favor.
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