Shhhh.... me susurró en la nuca, viene alguien. Y un segundo después ese alguien anónimo pasaba a nuestro lado con aparente indiferencia. En ese brevísimo instante yo había intentado cubrirme las tetas a duras penas con la camiseta desplomada a la altura de mi cintura y finalmente me decanté por girarme lo suficiente para hundir mi cara en el pecho de mi partenair que hizo de frontera visual lo mejor que pudo.
Que vergüenza... ¿crees que nos habrá visto? dije en un ataque de mojigatez, hombre... a no ser que sea ciego y teniendo en cuenta que esto es tan estrecho que me ha rozado el codo al pasar, yo diría que si, me contestó no sin cierta ironía indulgente que me hizo sentir un poco más avergonzada, si es que eso era posible. El corazón se me quería salir por la boca del susto, y es que, aquella noche de agosto, con los calores estivales y el roce, que ya se sabe que hace el cariño, mi acompañante y yo nos vimos inmersos en una desazón sexual que nos llevó a un callejoncito oscuro cuya ubicación, casualmente, él conocía (decidí ignorar este detalle y anotar las coordenadas de tan preciado lugar en mi propio cuaderno de campo) para liberar aquella aplastante tensión sexual que venía consumiendo el oxígeno circundante desde hacía ya varias horas.
He de reconocer que el sitio era perfecto, una callejuela acodada y corta, sin luz, apenas un pequeño pasaje muy estrecho con un saliente en la tapia a la altura de la cadera y, creo recordar, sin ventanas. Un sitio poco transitado al que, además, llegaba el olor dulcísimo de algún arbusto de floración nocturna y estival que se descolgaba por el muro desde la finca contigua.
Casi sin mediar palabra coló una mano por la abertura de mi pareo cruzado mientras con la otra se desabrochaba el cinturón, tarea de la que le relevé para que pudiera dedicarse a sobarme las tetas con la mano libre. Aquello no se prolongó demasiado porque él podía cascar nueces con su pene y yo tenía las bragas literalmente empapadas así que me acomodó en el saliente del muro y abriendo el pareo se recreó paseando la lengua por mis tetas y sorbiéndome, literalmente, el coño haciendo un ruido parecido al de sorber la sopa o los espaguetis que resonaba por el eco y el silencio de aquellas horas de la madrugada.
Me besó para que pudiese notar el sabor y el olor de mi sexo en su boca mientras se hacía un sitio entre mis muslos y un poco más adentro, sin muchos miramientos, muy profundamente, cosa a la que yo contribuí abrazándolo con las piernas. Después de un momento de permanecer así empezamos a movernos despacio hasta alcanzar un ritmo bastante más rápido y fuerte (no estábamos para muchas contemplaciones ninguno de los dos).
Casi a punto de correrme y haciendo esfuerzos por no gritar como le correspondía a mi incipiente orgasmo, ante mi sorpresa, paró de moverse y salió de mi. No me lo podía creer.... pero qué coñ... entonces me giró, cara a la pared, con sus manos en mis caderas, tiró de mi un poco hacia atrás y se acopló otra vez mordiendo y lamiendo mi cuello y masajeando mis pezones entre sus dedos. Yo me sujetaba con una mano en la pared mientras con la otra acariciaba mi clítoris y entonces...
Shhhh.... viene alguien.

